Seducción de la mirada

Las miradas se encuentran en un pasillo. Viajan hasta el comedor de un bar. Se vuelven indiferentes para ser deseadas. No se puede mantener la conversación con los amigos sin voltear a mirarte.

Allí estás.

Te acercas a mí.

Me saludas con un escurridizo hola sin separar los ojos de los míos. Me ofreces tu mano para demostrar que eres caballeroso. Mantienes la distancia de tu cuerpo para disimular que no quieres tocarme.

Me preguntas por lo que ha sido mi vida desde que nos distanciamos.

 Yo, en cambio, no quiero saber de tu pasado más reciente. Quiero llevarte a la cama. Recordar el sabor aromático de tus labios, con tus manos pasando por mi pelvis y tu boca arrullada en mi vagina.

 

Solo eso, ¿será mucho pedir?

–El frío de la ciudad te ha caído de maravilla– me coquetea.

–Qué tonto–.

 

En realidad, lo que me ha caído bien es haberme alejado de ti. Pero  he superado tu desamor y solo ha quedado el deseo, con el que puedo jugar a no pedirte explicaciones, con el que puedo ser carnal, simplemente, pienso mientras humedezco mi boca con un Bloody Mary. Paso la lengua por mi labio inferior y humedezco el dedo índice en la bebida roja para no dudar en untarte de ella la mano izquierda que tienes sobre la mesa del bar.

Comienza a sonar Fever de Peggy Lee. Mis piernas y caderas siguen el ritmo de la canción. Entrecierro los ojos, llevo mi cabeza hacia atrás y levanto mis manos a la altura de mis senos.

Foto: Stefan Gesell.
Foto: Stefan Gesell.

Entonces bailo. Te bailo. Te bailo. Y tú bebes una copa de brandy con una sonrisa tranquila porque disfrutas que te seduzca en público. Sabes que soy capaz de quitarme la ropa ahí. Y todos sabrán que mi cuerpo será solo tuyo, por ese día.

No dejas que termine la canción. Me agarras la mano y dejas la copa sobre la mesa.

Tu boca cerrada me dice que quieres cogerme. Yo te dije que sí con un beso suave en la raíz de los labios. Aprendí a leer tu rostro desde que en una madrugada recostada en tu pecho, hace 3 años,  hacías nudos con mis crespos, como llamabas el alboroto de mi pelo que producía en ti una erección que no perdías hasta que terminaba entre tus piernas.

Subimos a tu carro y nos dirigimos a tu casa engañándonos con nosotros mismos mientras el silencio nos acompaña por media hora.

Mis gemidos se sienten desde el ascensor a las 3 de la mañana. El espejo se empaña y nos vemos frente a él delatando lo que quedó pendiente.

 

–¿Por qué te fuiste?– me susurras.

Una carcajada sarcástica responde tu pregunta.

 

Sales del ascensor con mis piernas agarradas a tu cadera. Abres la puerta de tu apartamento sin mirar el cerrojo. No enciendes la luz fugas de tu sala. Me conoces y vas directo a la vela roja con aroma a canela que está en el suelo de tu cuarto. La prendes con afán, igual que al estereo.

Me desnudo para ti: el abrigo, el pantalón, la blusa.  Tú te acomodas en la cama sin dejar de mirarme.

Cae ahora el sostén.

El telón se abre para los dos, por esa noche.

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