Sangre caliente, sangre fría

ciudad
Tomada de Internet.

Él se acerca, establece una conversación, a los pocos minutos indaga su nombre, profesión y edad. Busca respuestas más claras en la mirada.

Se encuentran en la parada del bus. Son las seis de la mañana de un jueves. Ella se dirige a su trabajo, él parece que al suyo. Ambos llevan chaquetas gruesas y negras que terminan en las rodillas.

Ella aprovecha la demora del bus para encender un cigarrillo, y de paso, para espantar al intruso que le ha preguntado mucho de su vida en un corto tiempo que cree le alcanza para generar seguridad y tranquilidad en ella.

La mujer de 34 años no es descortés, es inteligente y experimentada. Por eso le responde todo lo que le pregunta con tanta firmeza que hasta ella lo cree; quizás son sus deseos implantados en alguien que pudo ser. Pero, ¿qué ha de perder?, si está segura que en esa metrópolis no se volverá a encontrar con el intruso.

Es más, acierta en darle su número de teléfono, como en tiempos pasados, le entrega un papel cortado con números inventados. Él lo toma y aunque la cree atrevida e impulsiva por la tranquilidad con que responde sin miedo a lo que un hombre desconocido busca en una calle citadina.

–Seguro está asustado.

Dice ella en su mente, porque sabe que él está sorprendido con su amabilidad. Como si ella estuviera dispuesta a ofrecerle la limosna de amor ante el hambre que él muestra.

–Está asustado.

Se repite de nuevo, sin que él la escuche.

– ¿Quiere tener sexo?

Con los ojos más abiertos que nunca, el desconocido queda en silencio al escucharla.

–Porque podríamos vernos esta noche en mi casa o donde quiera. Hoy es día de sexo y usted es guapo.

El hombre voltea su rostro. Pretende creer que puede ser una broma. Está espantado y busca disimularlo siguiendo la sinceridad de ella, sin embargo no dice nada. Se da cuenta que está frente a una desconocida, muy atrevida.

–Adiós, viene mi bus.

Se despide ella.

–Adiós.

Responde él.

Y ella ha cometido su mejor asalto: se fue con su propuesta, la utilizada para deshacerse de un hombre acostumbrado a conquistar y que se paraliza con el primer intento de libertad sexual femenina.

 

 

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